
Pronto, el 17 de septiembre se cumplirá un nuevo aniversario del paso a la Vida Eterna de nuestro Fundador, José De Piro, un día en el que, Dios mediante, celebraremos su memoria litúrgica una vez que sea declarado santo.
Sin embargo, hace poco me surgió una pregunta: ¿Debemos continuar con nuestros esfuerzos para ver a nuestro Fundador entre los santos canonizados de la Iglesia?
Esta pregunta nace de un peligro real: a menudo los santos canonizados son colocados en pedestales, descartados fácilmente como si estuvieran hechos de una “pasta distinta” a la de los seres humanos comunes y corrientes, e incapaces de hablarnos en nuestra vida cotidiana. Leer a Robert Ellsberg, quien ha escrito ampliamente sobre los santos, me hizo reflexionar sobre este tema. Ellsberg señala que, para muchos de nosotros, llamar a alguien “santo” evoca la imagen de un “santo de yeso”.
Citando a Thomas Merton, Ellsberg describe a estas figuras como personas «sin el más mínimo defecto moral… cuyas intenciones son las más nobles… cuyas palabras son siempre los clichés más edificantes», de quienes se asume que están «sin humor, así como están sin capacidad de asombro, sin sentimientos y sin interés en los asuntos cotidianos de la humanidad».
Merton responde que la santidad es, en realidad, cuestión de llegar a ser más plenamente humanos: «Esto implica una mayor capacidad de preocupación, de sufrimiento, de comprensión, de empatía y también de humor, de alegría y de apreciación por las cosas buenas y bellas de la vida».
¡Qué hermosa manera de entender la santidad: como una plenitud de humanidad! Ellsberg refuerza esto destacando figuras (algunas de ellas ni siquiera católicas) que ejemplificaron esta plenitud humana. Para evitar la trampa de asumir que los santos siempre pensaron, dijeron e hicieron lo perfecto, Ellsberg prefiere definir a un santo simplemente como alguien «que caminó por el sendero de la santidad». Esto acerca mucho más la santidad a la realidad de cada uno de nosotros.
El Papa Francisco se hace eco de esta perspectiva en Gaudete et Exsultate:
«No todo lo que dice un santo es totalmente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que aflora cuando uno logra componer el sentido de su totalidad como persona». (GE 22)
Para profundizar más en esto, recomiendo ver la entrevista a Robert Ellsberg sobre su libro «Blessed Among Us» (subtítulos en español disponibles):
La célebre obra Vidas de los santos de Butler define la santidad como «el Evangelio vestido, por decir así, con un cuerpo». Nuestro Fundador ofrece una visión complementaria: «La vida de cada santo no es otra cosa que una nueva página en la historia de nuestro amor hacia Dios».
Para ser claros: creo plenamente que debemos seguir apoyando la causa de canonización de nuestro Fundador. Pero no esperemos a un decreto oficial para ver cómo el Evangelio se vistió en su humanidad, o cómo su vida añadió una página a la historia del amor de Dios. Y lo más importante, que su ejemplo nos inspire a tomar en serio nuestro propio compromiso con la santidad. Porque, como escribió Léon Bloy: «La única tristeza real, el único fracaso verdadero, la única gran tragedia en la vida, es no llegar a ser santo».
Su hermano
P Martin Galea mssp
Superior General